El canciller y su visión sobre Medio Oriente

08/May/2014

Búsqueda, Por Tomás Linn (Columna)

El canciller y su visión sobre Medio Oriente

Búsqueda, Por Tomás LinnColumna
En muchos sentidos la política exterior de este gobierno ha sido desconcertante. Por momentos parece ingenua, no siempre es acertada y rara vez es representativa de un sentir amplio o está vinculada a una arraigada tradición nacional. El reciente viaje del canciller Luis Almagro a Medio Oriente confirma esta sensación.
A fines de abril, Almagro visitó Qatar, Arabia Saudita y Jordania y se convirtió en el primer canciller uruguayo que fue a Palestina. En Ramallah se reunió con su primer ministro y con el presidente de la Autoridad Palestina, Mahmud Abbas.
El objetivo era alentar las inversiones y ampliar el comercio exterior uruguayo con esa región. De hecho es poco lo que Uruguay exporta a Palestina (más si se compara con Israel), aunque en el último lustro ese comercio tuvo un moderado aumento. Aún así, Palestina figura apenas en el lugar 92 entre los países que comercian con Uruguay.
Cuando el objetivo es ampliar el comercio con el mundo, toda iniciativa de la Cancillería debe ser bien valorada, más allá de que en este caso el esfuerzo realizado ante Palestina emerge como algo desmesurado respecto a sus eventuales resultados.
Eso lleva a preguntarse si el viaje no respondió a otras razones. Algunas declaraciones del ministro hacen pensar que hubo un objetivo político donde se insinúa una inclinación hacia Palestina respecto a la tradicional amistad que Uruguay mantiene con Israel. Incluso surge una postura sutilmente diferente en torno al conflicto que enfrenta a varios lugares, alejada de valores que han sido esenciales a la política exterior uruguaya a lo largo de décadas.
Un primer reflejo sería explicar la postura de Almagro en función de lo ideológico. Si no fuera así, habría que concluir que se está actuando con ingenuidad y con un desconocimiento que podría ser real o deliberado, pero que en cualquiera de los dos casos sería grave.
El viaje y las posteriores declaraciones del canciller ocurren en un mal momento. Coinciden con un acuerdo de unidad entre las principales facciones palestinas y en especial entre Al Fatah y Hamas. Podría decirse que un acuerdo de estas características debería ser una señal auspiciosa. Pero no lo es en la medida que incluye a un grupo terrorista con un fuerte fanatismo religioso y que usa la violencia extrema como único método para resolver el conflicto. Su objetivo, bien conocido, es destruir a Israel y eliminar a los judíos que viven en ese país.
Uruguay no sólo reconoce la existencia del Estado de Israel, sino que jugó un rol clave en las Naciones Unidas para posibilitar su fundación en 1948.
Resulta contradictorio sentirse ahora satisfecho ante un acuerdo entre grupos palestinos que incluye a quien busca borrar a ese estado de la faz de la Tierra. Sin embargo, Almagro sostuvo que la reconciliación entre palestinos mejoraba las perspectivas de paz en el Medio Oriente. Tal vez haya pensado que el acuerdo implicaba una retractación o al menos una revisión por parte de Hamas, respecto a sus posturas. Pero ello no sucedió y Hamas reiteró su negativa a reconocer a Israel y consideró equivocada la estrategia de las autoridades palestinas, hasta el momento del acuerdo, de mantener negociaciones con Israel. Como era lógica, ante esa situación Israel las suspendió.
Entonces, ¿de dónde sacó Almagro que ese acuerdo mejoraría las perspectivas de paz? ¿Qué realidad vio en Ramallah que lo llevó a sacar una conclusión que va contra toda evidencia? O bien su lectura de los hechos está confinada a una interpretación puramente ideológica o él está desinformado. Como sea, su conclusión demuestra una clara subestimación hacia un país que tiene una histórica cercanía con Uruguay. Un país que ha tenido gobiernos más afines o menos afines con la visión de Uruguay (como es lógico en democracias donde los gobiernos se alternan según la voluntad popular), pero que siempre fue considerado un país amigo.
El canciller aludió a que “la disconformidad del Islam con Occidente en muchos casos se debe a las violaciones de los derechos humanos que se sufren en este lugar”. La alusión a “este lugar” parecería ser Israel.  Las respuestas a los continuos y virulentos ataques de Hamas son de una inusual dureza y ello generó cuestionamientos hacia Israel desde Occidente e incluso de algunos sectores dentro del país que marcan su frontal oposición. Consideran que más allá de la brutalidad con que actúa el enemigo, hay respuestas que no se condicen con lo que es esperable de Israel como país libre y democrático. Son reclamos hechos a partir de lo que puede exigirse a un país como Israel y, por lo tanto, terminan siendo más firmes que los que se hacen a otro tipo de regímenes.
Por eso es llamativo que el canciller haya asumido sin reparos esa “disconformidad del Islam”, un mundo donde la idea de los derechos humanos no existe. Lo que hace Hamas con la población israelí y con los disidentes dentro de Palestina es una violación flagrante de derechos humanos. Sobre esto hay pronunciamientos de Amnistía Internacional y de Human Rights Watch. Lo que está pasando en Siria, en Irak o con la implacable represión interna que ejercen las dictaduras de esa región, es una voluminosa violación de derechos humanos. ¿Y Almagro toma de ellos ese argumento sin cuestionárselo? Algo no cierra bien en su argumentación.
Para el canciller, además, el arreglo de ese conflicto entre Palestina e Israel “resuelve prácticamente el 80 por ciento de los problemas de todo el Medio Oriente y del norte de África”, como si éstos no existieran por causas específicas de cada país. Como si la guerra civil en Siria con sus más de 150.000 muertos fuera solo un producto lateral del otro conflicto. Hay ahí una inexplicable reducción del problema, una simplificación que no parece adecuada a un canciller que diseña la política exterior de su país.
Cuando Uruguay aborda estos temas dentro de su política exterior no puede desconocer que la realidad es extremadamente compleja. No es que se le pida al gobierno una ramplona y ciega adhesión a Israel. Ahora bien, a Israel se le pueden hacer muchas críticas, pero se trata de un país democrático, hay un parlamento y se respetan las libertades. Nada de eso existe en el resto de la región.
Tampoco se trata de desconocer los reclamos palestinos, pero eso no implica que se festeje un acuerdo que incluye a un grupo terrorista que pretende borrar a Israel y a los judíos del mapa y que quiere convertir a Palestina en una férrea teocracia islámica. Considerar que esto sería tolerable excede todo sentido común.
Una cosa es, dentro de esa buena relación histórica de Uruguay con Israel, mantener una cierta ecuanimidad (si es que es posible) a la hora de hacer pronunciamientos respecto al conflicto, y otra cosa es abrazarse a una visión intolerante, fanatizada y dispuesta a usar hasta sus últimas consecuencias el terrorismo como instrumento de dominación política.
Hay un abismo y Almagro debería entender dónde está la diferencia.